La autoridad del jefe de la Casa

Todos hemos escuchado aquello de “no soy monárquico, soy juancarlista”. Ni siquiera los genuinamente monárquicos se han molestado en enmendar esta afirmación para subrayar, a continuación, la importancia de fortalecer la institución al margen de quien fuera su titular. En el fondo, la idea reflejaba cierto desapego hacia la Corona, aunque muchos percibieran en la figura de quien entonces era su titular un valor digno de apoyo. Era la época del rey campechano, el rey que viajaba por el mundo rodeado de empresarios consiguiendo contratos o el rey que mandaba callar a presidentes autoritarios. A nadie le pareció entonces conveniente romper con esa dinámica perversa de culto a la personalidad, siquiera a modo de red de seguridad. Y, después de la abdicación y todo lo sabido, aquí estamos. La puesta en escena del regreso del emérito a España obedece a este mismo patrón de comportamiento tan propio de su reinado, tan arcano a ojos de la sociedad actual y tan poco respetuoso con la propia institución.

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