La vida en los campos saharauis: “Lo que importa es el pan de cada día”

Nada crece en el erial infinito donde viven Minetu y sus cuatro niños. Mahmud, el pequeño, de algo más de dos años, es un hijo póstumo. La mujer explica que su marido “enfermó y falleció”. No dice de qué murió. O quizás no lo sabe. En lugares como el campamento de refugiados saharauis de Bojador, saber de qué se muere es a veces un lujo vedado a los pobres. Minetu no tiene trabajo y depende del reparto de comida de la ayuda humanitaria internacional. Esta viuda de 37 años no sabe quién es Pedro Sánchez e ignora que el presidente del Gobierno español expresó a mediados de marzo su apoyo al plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental, esa patria que ella nunca ha visto. Minetu nació en el exilio, como más de la mitad de los 173.600 refugiados que, según Naciones Unidas, viven en los cinco campos de refugiados saharauis cercanos a Tinduf, a 1.700 kilómetros al suroeste de Argel.

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