Vox transforma el Congreso en un espectáculo electoral

Las bancadas parlamentarias actúan a menudo como una grada de animación, pero ninguna logra alcanzar el fervor de Vox. En una de esas tardes soporíferas, con el rojo de los escaños vacíos reluciendo en el hemiciclo, entre los bostezos de los escasos presentes y los discursos más bien desfallecidos de los oradores, el Congreso se sobresalta de repente. Acaba de hablar un diputado de Vox al que nadie había hecho excesivo caso -nadie hace mucho caso a nadie en esas tardes- y una inopinada salva de aplausos prorrumpe en la sala. Los demás se miran perplejos, mientras los de Santiago Abascal, en pie, saborean el placer de ovacionarse a sí mismos.

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