Las incógnitas de la muerte esposado de Koussai en un centro de menores: supuestas cardiopatías por comprobar y una contención desmedida

La última vez que Moez Dhouaifi vio a Koussai vivo fue en 2017, en su Túnez natal. Después, el chaval se coló en un barco hacia Italia e inició una odisea vital, que relataba a sus padres por videollamada y que ha terminado a sus 17 años en un arcón congelador del instituto de medicina legal de Valladolid. La cámara se abre y el progenitor, tras visionar los rasgos helados del chico y los ojos cerrados con escarcha en los párpados, esconde el rostro entre las manos, llora sin consuelo y abandona abatido la sala. El cuerpo permanecerá allí mientras se resuelve un caso que comenzó en marzo en el centro de menores Zambrana, donde vivía Koussai hasta que, tras un episodio violento, fue reducido por los guardias de seguridad. Estos lo sometieron boca abajo, una posición no recomendada por riesgo de asfixia, y lo esposaron. Entonces perdió el sentido y su corazón se paró. La jueza los ha citado como investigados, junto a los tres monitores que presenciaron los hechos, para aclarar lo acontecido. La Junta de Castilla y León, que gestiona el centro, apuntó al principio a una cardiopatía que explicaría el fallo mortal, pero la autopsia no revela ninguna dolencia previa. El padre, que ha solicitado un visado para reencontrarse con su hijo, pide saber qué causó la muerte mientras su madre espera, desolada, en Túnez.

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